viernes, 5 de julio de 2013

Estamos en contacto

Hace algún tiempo, cuando las redes sociales todavía no habían conseguido la carta de ciudadanía entre nosotros, alguien me regaló el dato sorprendente de que cualquier persona que me encontrara por la calle, cualquiera, por diferente que fuera a mí, por alejado que estuviera de mi mundo, compartía conmigo tres amigos. Aunque las estadísticas pueden fallar -y fallan siempre, por estadística-, aquello me tuvo entretenido algunos días, haciendo juegos malabares con las posibles combinaciones: a qué tres personas conoceríamos aquel mendigo que se sentaba cada día con su perro en la calle Sierpes a pedir unas monedas, quiénes serían los afortunados de conocerme a mí y a la dependiente que me sirvió el helado, con quiénes habría charlado, como yo, la chica que me miraba con una extraña expresión mientras me probaba los pantalones, ¿me metería en un lío si piropeaba a aquella morena espléndida o si me burlaba del zopenco del camarero?
Las redes sociales lo estropearon todo y borró la imaginación de nuestras vidas: antes de hacerme amigo de Pepito Pérez ya sé qué contactos compartimos e incluso puedo verlo junto con ellos en alguna que otra foto. Facebook ha acabado con la magia de un click rotundo y fulminante.

martes, 18 de junio de 2013

Antiguos compañeros

    Por razones de supervivencia, el ser humano se acostumbra y habitúa a vivir de una determinada manera: levantándose a las 7 de la mañana para dar clases en un instituto o a las 2 de la tarde después de haber estado de guardia en una farmacia o en un hospital o sirviendo copas; llevando a los niños al parque o al colegio o sacando al perro; cenando con la pareja o buscando parejas nuevas cada noche; viendo la televisión o leyendo o surfeando por internet.
    Estos hábitos, que no son más que eso, se transforman un buen día en una tela opaca que impide que la luz de lo diferente nos deslumbre y, en ese momento, esos hábitos dejan de serlo y se convierten en una necesidad o en una condena elegida hace tanto tiempo que olvidamos que la elegimos.
    Entonces, cuando más convencidos estamos de que las cosas no pueden ser de otra manera, ocurre algo que nos zarandea, nos sobrecoge y nos sume en un extraño sentimiento de nostalgia de lo que nunca hemos tenido, el anhelo de poder haber sido otra cosa.
    Hace unos días asistí a una cena de antiguos compañeros del colegio, a los que hacía veinte años que no veía o con los que hacía veinte años que no charlaba, para homenajear a nuestra maestra. Nos pusimos al día, comprobamos cómo el tiempo nos había tratado generosamente, por lo general, y descubrimos que seguíamos instalados en los 14 años, cerrando antiguas discusiones, antiguas historias de amor, viejas bromas, amables burlas. En esencia, éramos los mismos, seguíamos siendo igual de tímidos, de ingeniosos y espontáneos, de pícaros, de charlatanes, inquietos, cariñosos. En aquel ambiente tan agradable, bajo el cielo de junio, surgía una nota de nostalgia: ¿Cómo habrían sido nuestras vidas -mi vida- si hubiéramos alterado algunas de nuestras elecciones, si hubiéramos decidido declararnos o estudiar otra cosa o no estudiar, o ir hasta Mallorca en el viaje de fin de curso, o, simplemente, mantener un contacto más estrecho y cotidiano con aquellas personas que tanto nos influyeron en la infancia?
    Se puede vivir complacido en el presente, a gusto con lo que somos, felices con la vida que tenemos, pero la melancolía sabe tocar siempre los resortes necesarios para hacernos pensar en el otro que podríamos haber llegado a ser si, en un momento cualquiera del camino, hubiéramos tomado otra vereda, otro sendero.

viernes, 7 de junio de 2013

Invitación Presentación Mañana será nada







El próximo martes 11 de junio se presentará en la Casa de la Cultura de Los Palacios y Villafranca, a las 20.30

Vine a llevarme la vida por delante

Como todos los jóvenes vine a llevarme la vida por delante. Después de que el tiempo me alcanzara y el sentimiento de pérdida se convirtiera en una constante en mi vida, las metas han sido cada vez menos pretenciosas. Ya me conformo no con obtener los resultados esperados, sino con disfrutar mientras lo intento; no con saborear el triunfo en aquello que me propongo, sino con compartir con quien me quiere las mieles de la posible victoria. He descubierto, poco a poco, que lo que realmente me emociona y me satisface son los amigos que conservo desde la adolescencia y que esconden todavía en sus gestos la ingenuidad de quien no ha sido atravesado aún por la desdicha de la temporalidad. Lo que realmente despierta mi gratitud es la amistad que se va forjando de manera desinteresada entre gentes muy distintas, que son capaces de actuar de manera generosa y de aliviar el desamparo al que está condenada la estirpe humana. Como todos los jóvenes vine a llevarme la vida por delante. Conforme pasa el tiempo, sin embargo, me basta únicamente con evitar que la vida me lleve por delante.

Para quién escribo



Algunas veces se usa la literatura con fines poco literarios y algunas veces las promociones para vender libros emplean recursos burdos y obscenos. En este caso concreto, se ha querido presentar la última novela del escritor ubetense como un alegato político contra la memoria histórica o algo parecido. Es decir, a la preocupación constante de los políticos por recuperar la dignidad de los que fueron damnificados durante la guerra civil española, y durante la posguerra, por el bando de los vencedores, se opone la recuperación del pasado que hace Muñoz Molina, en la que Ignacio Abel, un convencido ciudadano de izquierdas con dinero, a punto está de ser fusilado por unos exaltados de su propio bando. Se concluye, por tanto, algo tan obvio como que durante la guerra los dos contrincantes cometieron barbaridades.
Menos mal que la obra de Muñoz Molina no es eso en absoluto. El padre de Lorencito Quesada declaró en un programa de la televisión autonómica andaluza -"El público lee"- que un novelista no escribe novelas para llamar la atención sobre las diferencias sociológicas de culturas distintas ni para ninguna cosa que no sea el mero hecho de crear literatura y de entretener al lector. Limitar La noche de los tiempos a tan grosera obviedad sería una tremenda injusticia, supondría no apreciar la destreza con la que el novelista va introduciendo el tema político de manera tangencial a la relación pasional entre Ignacio Abel y Judith Biely, supondría no apreciar la descripción picassiana en la que se cuenta el desorden de un ataque fascista como un nuevo Guernika, no apreciar el suspense en la escena en que Ignacio Abel va a ser fusilado, aunque se sabe de antemano que no morirá, o no apreciar la manera tan sutil en la que, poco a poco, a través del recuerdo, el protagonista va recuperando el pasado mientras viaja en tren por tierras norteamericanas.
He comenzado a leer las últimas obras de Muñoz Molina con cierta desconfianza, con algunos prejuicios, con la impresión de que no descubriría nada nuevo. Sin embargo, conforme ha avanzado la lectura de El viento de la luna, Días de diario o La noche de los tiempos, la historia ha ido acogiéndome en su regazo, el narrador me ha hablado personalmente, con complicidad, y me ha contado detalles de la vida de personajes de los que no sabía nada desde hacía años. Resulta que Mariana Ríos, antes de morir desgraciadamente por culpa de una bala perdida, había estado trabajando para la república y se había relacionado con Ignacio Abel.
En la cubierta posterior del libro se habla de la valentía de Muñoz Molina. Mostrar que las dos facciones de un conflicto bélico comparten una dosis alta de culpa no es valentía, es sentido común. La valentía de Muñoz Molina reside en el hecho de mantenerse fiel a su estilo -lento, sinuoso, repetitivo, de periodos largos, de narrar pausado- y a sus temas preferidos -la memoria, la desorientación y la crisis de identidad, el amor, el análisis de la realidad- sin perder la capacidad de entretener, que se mantiene intacta.
os escritores noveles se plantean en muchos momentos de su soledad y, a veces, desesperación, para quién escriben. Yo no soy una excepción. Hasta la irrupción de las nuevas tecnologías, escribía para un amigo que leía mis poemas con paciencia y comprensión. Después de la sentencia "para lo bueno y para lo malo" -y mucho antes incluso- la pobre mujer, que tiene el humor de seguir aguantándome, se convirtió en la lectora de mi ingente y genial obra. El abanico de mis lectores se amplió cuando, en la facultad, comencé a compartir mi afición con otros aficionados. Hasta ese momento todas las personas que habían leído o escuchado alguna vez mis poemas podían contarse con los dedos de la mano y, quizá, alguno del pie.

Harto de esta situación minoritaria decidí, en un gesto de largueza y generosidad, escribir para el mundo y permitir que el mundo entero conociera mi obra: creé un blog. El contador subía como la espuma y comprendí, en ese instante preciso, que debía dejar de visitar mi página diez veces al día. Aprendí a relajarme y a esperar que mis lectores descubrieran mi gran obra. No sé hasta cuándo hay que esperar. Soy nuevo en esto. Lo cierto y verdad es que, como antes de que Internet entrara en mi vida, tengo los mismos lectores que cuando enseñaba los manuscritos a mis amigos, aunque existe una diferencia: mis amigos no tienen que sufrir mis persecuciones y pueden, de vez en cuando, fingir que me leen.

Una amiga novel, como yo, me preguntó un día, con cierta ingenuidad, si yo pensaba en los lectores cuando escribía. Mi respuesta fue inmediata y más ingenua todavía: pienso en a ver si los tengo. Después me di cuenta de que la cosa era más profunda y que iba sobre si escribo con un estilo sencillo de manera que sea fácilmente comprensible o si, por el contrario, empleo un estilo oscuro para que nadie me entienda, para obligar al lector a esforzarse. Bien mirado, más vale no tentar a la suerte, apretándole las tuercas a mis lectores, no sea que se cansen de esforzarse por entenderme, más vale que todo sea facilito y sin muchas cosas raras.

Esta pregunta se la han planteado muchos escritores de renombre a lo largo de la historia. Naturalmente el "para quién escribo" no tiene el mismo sentido para mí, escritor novel, que para Vicente Aleixandre, aunque también sea un escritor Nobel. El tenía la posibilidad de elegir sus lectores y decidió que no escribía para los que lo leían, sino "acaso para los que no me leen". Yo, por el contrario, si continúo escribiendo y aún el desánimo no me ha podido, es precisamente porque escribo, acaso, para lo que sí me leen. En fin, después de este periplo literario, sigo, como al principio, contando a mis lectores con los dedos de la mano y, quizá, alguno del pie.

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina

Algunas veces se usa la literatura con fines poco literarios y algunas veces las promociones para vender libros emplean recursos burdos y obscenos. En este caso concreto, se ha querido presentar la última novela del escritor ubetense como un alegato político contra la memoria histórica o algo parecido. Es decir, a la preocupación constante de los políticos por recuperar la dignidad de los que fueron damnificados durante la guerra civil española, y durante la posguerra, por el bando de los vencedores, se opone la recuperación del pasado que hace Muñoz Molina, en la que Ignacio Abel, un convencido ciudadano de izquierdas con dinero, a punto está de ser fusilado por unos exaltados de su propio bando. Se concluye, por tanto, algo tan obvio como que durante la guerra los dos contrincantes cometieron barbaridades.
Menos mal que la obra de Muñoz Molina no es eso en absoluto. El padre de Lorencito Quesada declaró en un programa de la televisión autonómica andaluza -"El público lee"- que un novelista no escribe novelas para llamar la atención sobre las diferencias sociológicas de culturas distintas ni para ninguna cosa que no sea el mero hecho de crear literatura y de entretener al lector. Limitar La noche de los tiempos a tan grosera obviedad sería una tremenda injusticia, supondría no apreciar la destreza con la que el novelista va introduciendo el tema político de manera tangencial a la relación pasional entre Ignacio Abel y Judith Biely, supondría no apreciar la descripción picassiana en la que se cuenta el desorden de un ataque fascista como un nuevo Guernika, no apreciar el suspense en la escena en que Ignacio Abel va a ser fusilado, aunque se sabe de antemano que no morirá, o no apreciar la manera tan sutil en la que, poco a poco, a través del recuerdo, el protagonista va recuperando el pasado mientras viaja en tren por tierras norteamericanas.
He comenzado a leer las últimas obras de Muñoz Molina con cierta desconfianza, con algunos prejuicios, con la impresión de que no descubriría nada nuevo. Sin embargo, conforme ha avanzado la lectura de El viento de la luna, Días de diario o La noche de los tiempos, la historia ha ido acogiéndome en su regazo, el narrador me ha hablado personalmente, con complicidad, y me ha contado detalles de la vida de personajes de los que no sabía nada desde hacía años. Resulta que Mariana Ríos, antes de morir desgraciadamente por culpa de una bala perdida, había estado trabajando para la república y se había relacionado con Ignacio Abel.
En la cubierta posterior del libro se habla de la valentía de Muñoz Molina. Mostrar que las dos facciones de un conflicto bélico comparten una dosis alta de culpa no es valentía, es sentido común. La valentía de Muñoz Molina reside en el hecho de mantenerse fiel a su estilo -lento, sinuoso, repetitivo, de periodos largos, de narrar pausado- y a sus temas preferidos -la memoria, la desorientación y la crisis de identidad, el amor, el análisis de la realidad- sin perder la capacidad de entretener, que se mantiene intacta.

El tiempo de la estupidez

Pese a que en el lenguaje común haya cuajado la expresión "a estas alturas del siglo XXI", el progreso aún no ha llegado a su momento más álgido. Prueba de ello es la manera tan rápida en que la estupidez está dejando de ser una cualidad reservada a los sectores más ridículos de la sociedad y se está convirtiendo, con una velocidad pasmante, en una expresión del buen gusto "a estas alturas del siglo XXI".
El ser humano ha luchado siempre para ser el más tonto del lugar, casi siempre compitiendo con los del resto de su especie por tener joyas más bonitas, coches más caros o la piel más morena. En estos últimos años, sin embargo, la estupidez, que se sirve de la ayuda inestimable de la televisión, se ha desviado y ha tomado caminos más peligrosos: en la actualidad la gente compite por ser el mayor putón, por tener más dientes rotos, por obtener el record más inútil o -como hacían Cela, Umbral y Fernán Gómez, el trío resplandor de la literatura española- por ser el más grosero o desagradable. Estas competencias estúpidas, que tenían lugar en las secciones televisivas dedicadas al entretenimiento, se han trasladado a las secciones tradicionalmente serias: los informativos. Resulta que, ahora, la mayor preocupación de los directores de los informativos nacionales es hacer atractiva aquella parte del telediario que duraba, cuando yo era pequeño, dos minutos y que comienza a alargarse de manera incomprensible y a llenarse de informaciones del todo innecesarias. Efectivamente, me estoy refiriendo al momento en que sale el tío/a del tiempo.
Hace unos años, se viviera donde se viviera, uno podía saber con un golpe de vista si al día siguiente tendría que llevar o no el paraguas. Eso se ha convertido en algo imposible. Cuando se escucha la musiquita del tiempo hay que estar dispuesto a ver las fotografías tan hermosas de la naturaleza que a Periquillo de los Palotes se le ha antojado enviar a la televisión, para hacer más agradable y estética esa sección que, tradicionalmente, tan somera y sosamente ha señalado si hace sol o si va a llover; después hay que estar dispuesto a recibir una clase magistral de un tipejo extraño, con aires de modernidad y actividad, que se empeña en definir la lluvia, la niebla o la tormenta; después salen dos o tres mapas con leyendas confusas y colores psicodélicos que hablan de la temperatura, la sensación térmica, la polinización y las costumbres sexuales de las abejas. Cuando ya quedan pocas ganas para seguir recibiendo información metereológica sobre vientos, mareas y terremotos, comenzamos a entender algo porque aparecen dibujitos de soles y nubes. Sin embargo, los andaluces estamos condenados a conocer la temperatura y el tiempo de todas las comunidades autónomas y de todas las provincias. Si hemos logrado salir de nuestro asombro, continuaremos esperando, diez minutos después, con el paraguas y las gafas de sol en la mano, qué debemos echar en la maleta para el viaje de mañana. Cuando parece que el tío del tiempo me va a decir a mí, que tanto llevo esperando, "felicidades, va a ser sol" o "no olvides el paraguas porque te vas a poner como una sopa" suena el teléfono, porque me llama jazztel, y me estropea todo el tiempo perdido, el tiempo de mi estupidez. Últimamente prefiero mil veces mojarme o pasar calor, es decir, soportar mi estupidez, que soportar diariamente el tiempo de la estupidez de los demás.