Sonó como un paréntesis en blanco
el timbre recio y crudo de tu lengua,
relámpago y catástrofe, en mi oído.
El adiós es un número tremendo
de equilibrista temerario
que salta hacia el futuro sin redes que lo salven.
Sonó a congoja en mi costado roto,
a un enredo de cuerdas en mi garganta abierta,
a ceniza en los bordes de mis labios
y, en los ojos, a mar intenso y seco.
Los adioses no entienden de festivo
ni de domingo, ni de amores testarudos.
Tan solo saben de acabar con el pasado,
con la memoria y el sabor de los amantes.
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