Eres un manantial que fluye
con tus caderas blancas y tus muslos
de ajenjo y de jengibres orientales.
Eres la flor de los almendros,
la lluvia fresca sobre los jazmines
en una noche inmensa del estío.
Eres el caldo dulce de la uva
y el agua helada de los cántaros;
eres esbelta, grácil y liviana
como la bíblica gacela.
Eres la sombra que persigo, el aire
que aspiro mientras busco tu silueta
perdida entre la gente, aislada en el tumulto.
Eres el manantial que me ha bebido.
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