¡Qué dolor tan grande!
La vida es ir deshojando los amigos en otoño,
uno a uno, sin remordimiento,
arrancando, sin sentirlo, como hojas secas,
los momentos de ternura,
de amistad y camaradería
que salpicaron los años dichosos de la juventud.
¡Qué dolor tan grande
ver cómo pasan arrastrando sus espaldas,
jóvenes aún a pesar de los años,
viejos ya a pesar de los años,
por los jardines umbríos donde la memoria
hace de las suyas y el llanto nace!
¡Qué dolor tan grande!
Se van alejando poco a poco
en el marasmo rutinario de la vida
los amigos de entonces sin una mirada,
sin tan siquiera decir adiós,
porque no hubo jamás ninguna despedida
y porque no se tuvo nunca la conciencia cierta
de la ruptura definitiva y sin retorno.
¡Qué dolor tan grande!
La congoja embarga a veces los corazones más sensibles
y las mentes más despiertas,
arroja a los ojos desprevenidos y alegres
el fin de la amistad
como un puñado de penas.
Porque la vida es un viaje sin retorno
y los amigos, una estación en el pasado.
¡Qué dolor tan grande!
Solo existen los amigos de la adolescencia
y esos hombres mayores que caminan a mi lado
ya no me entienden, ya no me escuchan, ya no me sirven.
El tiempo ha engullido a mis amigos
y ha lanzado un eructo brutal,
que me ha dejado sordo y ciego,
del que nacieron esos desconocidos.
¡Qué dolor tan grande!
Ya no puedo romper una tarde por el centro
y pasar horas enteras en comunión.
Ya no puedo esperar la risa cómplice
y la mirada incondicional y sincera.
¡Qué dolor tan grande!
Ya no puedo hacer que me pierdo
para encontrarme de golpe entre los hombres
que suavizaron mis pasos por el mundo.
Ya no puedo refugiarme en los brazos
solidarios, conmovidos, entregados
del amigo que todo lo entiende y soluciona.
Ya no puedo no pensar en el pasado.
¡Qué dolor tan grande!
El vino y las mujeres dejaron de darnos miedo
para aterrorizarnos y endulzar nuestras noches.
Nuestros caminos dejaron de llevarnos siempre
hacia encrucijadas donde estábamos
plantados algunos de nosotros,
como baliza en el mar tempestuoso de nuestra adolescencia.
¡Qué dolor tan grande!
He olvidado qué deciros si os encuentro por la calle
un día de esos, negros como yo mismo,
para que podáis alzarme
entre vuestras manos y vuestras palabras.
He olvidado qué deciros si os encuentro
y me preguntáis...
¡Qué dolor tan grande
no poder decir que os añoro de veras,
y que añoro sobre todo
aquel tiempo dichoso en que la juventud
era nuestro divino tesoro y no lo sabíamos!
¡Qué dolor tan hondo
deshojar amigos en otoño,
ver cómo van alejándose, uno a uno, poco a poco,
dejarlos olvidados en el andén de la estación de un pueblo bruto y tosco,
como yo, y no escuchar ya nada porque me ha dejado sordo
el eructo soberbio del tiempo, ver cómo
ya no puedo nada de lo de antes con vosotros,
ver cómo
ya no hay encrucijadas con balizas contra el mar tempestuoso
de la juventud y ver – qué dolor tan hondo –
cómo y cuánto cada día que transcurre sin vosotros
os añoro.
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