lunes, 15 de febrero de 2010

Aprendiste el fracaso

Que la vida es la guerra lo aprendiste
al ver cómo tu padre agonizaba
a lo lejos, en brazos de un amigo
que lo ayudaba a resignarse a bien morir.
Heredaste su espada y aquel extraño gusto
por los libros antiguos y por esas historias
que cantaban los hombres al calor de la lumbre.
Heredaste, además, un reino sin monarca,
esa mirada altiva ante la muerte
y el desprecio a las bestias
que viven fuera de los límites de Alanda.
Que la vida es injusta lo aprendiste
cuando cayó la losa del poder
sobre tu espalda tierna e inexperta
y cuando ya no eras para nadie
la princesa sin reino
que disfrutaba de los prados verdes
y los atardeceres en las montañas grises.
Que la vida es luchar contra el fracaso
y el desaliento lo aprendiste
cuando el linaje de los hombres levantaba
el peso de una espada cuyo filo
era la historia de la sangre noble
de los pueblos magnánimos y heroicos.
Aprendiste el fracaso
cuando los generales de tu ejército
te pedían perdón por la derrota.

sábado, 16 de enero de 2010

Uno de bienaventuranzas

Bienaventurados los que pierden
porque de ellos son las miradas compasivas
en las tardes de domingo.
Bienaventurados los que se lamentan
porque suyo es el paraíso de los inútiles.
Bienaventurados los que nunca creyeron
en sus fuerzas y lanzaron sus pendones
a las huestes enemigas.
Bienaventurados los que fracasan
y organizan sus vidas conforme a una derrota.
Bienaventurados los que esperan
el viento de cara y un golpe de fortuna
puesto que viven en el tiempo detenido.
Bienaventurados los que no se embarcan,
bienaventurados los que no se mojan.
Bienaventurados todos
porque suyo es el reino de las disculpas.
Bienaventurados, en fin, los fracasados
los inútiles y los cobardes
porque siempre habrá una excusa para ellos,
porque no sabrán nunca que lo son.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La derrota

Sabrás desde palacio que se ha cargado el aire
de la sangre y las lágrimas de los hombres valientes
y de la podredumbre de las bestias infestas.
Verás brillar los filos de las espadas nobles,
opacamente, en tus almenas destruidas
y sufrirás con todos la derrota.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El adiós

Sonó como un paréntesis en blanco
el timbre recio y crudo de tu lengua,
relámpago y catástrofe, en mi oído.

El adiós es un número tremendo
de equilibrista temerario
que salta hacia el futuro sin redes que lo salven.

Sonó a congoja en mi costado roto,
a un enredo de cuerdas en mi garganta abierta,
a ceniza en los bordes de mis labios
y, en los ojos, a mar intenso y seco.

Los adioses no entienden de festivo
ni de domingo, ni de amores testarudos.
Tan solo saben de acabar con el pasado,
con la memoria y el sabor de los amantes.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Los hombres-árbol

El sol muy lentamente se levanta
sobre las copas de los árboles que un día
fueron hombres sedientos
de templanza, quietud, paciencia, olvido.
Cuentan los cantos más antiguos
su andar cansino por el bosque,
sus pasos lentos y pausados,
sus almas contemplando el cielo y las estrellas
en noches quietas de verano inmenso,
sus caras en los días últimos
cuando ya estaba decidido
el adiós último y el abandono.
Necesitaban menos cada vez
para existir y se pasaban horas
sintiendo simplemente el aire fresco
recorriendo su cuerpo que bullía,
quietos, plantados en el suelo,
y haciéndose, en silencio, amigos
de los hermosos árboles de todos
los colores y todas las edades y alturas.
Con el tiempo estos hombres
-cantan los cantos que cantaban los abuelos
de los primeros pobladores de estas tierras-
dejaron de ser hombre y fueron árboles
esbeltos, vivos, altos, hacia el cielo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La flor de los almendros

Eres un manantial que fluye
con tus caderas blancas y tus muslos
de ajenjo y de jengibres orientales.

Eres la flor de los almendros,
la lluvia fresca sobre los jazmines
en una noche inmensa del estío.

Eres el caldo dulce de la uva
y el agua helada de los cántaros;
eres esbelta, grácil y liviana
como la bíblica gacela.

Eres la sombra que persigo, el aire
que aspiro mientras busco tu silueta
perdida entre la gente, aislada en el tumulto.

Eres el manantial que me ha bebido.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Qué dolor tan hondo (Homenaje a León Felipe)

¡Qué dolor tan grande!
La vida es ir deshojando los amigos en otoño,
uno a uno, sin remordimiento,
arrancando, sin sentirlo, como hojas secas,
los momentos de ternura,
de amistad y camaradería
que salpicaron los años dichosos de la juventud.
¡Qué dolor tan grande
ver cómo pasan arrastrando sus espaldas,
jóvenes aún a pesar de los años,
viejos ya a pesar de los años,
por los jardines umbríos donde la memoria
hace de las suyas y el llanto nace!
¡Qué dolor tan grande!
Se van alejando poco a poco
en el marasmo rutinario de la vida
los amigos de entonces sin una mirada,
sin tan siquiera decir adiós,
porque no hubo jamás ninguna despedida
y porque no se tuvo nunca la conciencia cierta
de la ruptura definitiva y sin retorno.
¡Qué dolor tan grande!
La congoja embarga a veces los corazones más sensibles
y las mentes más despiertas,
arroja a los ojos desprevenidos y alegres
el fin de la amistad
como un puñado de penas.
Porque la vida es un viaje sin retorno
y los amigos, una estación en el pasado.
¡Qué dolor tan grande!
Solo existen los amigos de la adolescencia
y esos hombres mayores que caminan a mi lado
ya no me entienden, ya no me escuchan, ya no me sirven.
El tiempo ha engullido a mis amigos
y ha lanzado un eructo brutal,
que me ha dejado sordo y ciego,
del que nacieron esos desconocidos.
¡Qué dolor tan grande!
Ya no puedo romper una tarde por el centro
y pasar horas enteras en comunión.
Ya no puedo esperar la risa cómplice
y la mirada incondicional y sincera.
¡Qué dolor tan grande!
Ya no puedo hacer que me pierdo
para encontrarme de golpe entre los hombres
que suavizaron mis pasos por el mundo.
Ya no puedo refugiarme en los brazos
solidarios, conmovidos, entregados
del amigo que todo lo entiende y soluciona.
Ya no puedo no pensar en el pasado.
¡Qué dolor tan grande!
El vino y las mujeres dejaron de darnos miedo
para aterrorizarnos y endulzar nuestras noches.
Nuestros caminos dejaron de llevarnos siempre
hacia encrucijadas donde estábamos
plantados algunos de nosotros,
como baliza en el mar tempestuoso de nuestra adolescencia.
¡Qué dolor tan grande!
He olvidado qué deciros si os encuentro por la calle
un día de esos, negros como yo mismo,
para que podáis alzarme
entre vuestras manos y vuestras palabras.
He olvidado qué deciros si os encuentro
y me preguntáis...
¡Qué dolor tan grande
no poder decir que os añoro de veras,
y que añoro sobre todo
aquel tiempo dichoso en que la juventud
era nuestro divino tesoro y no lo sabíamos!
¡Qué dolor tan hondo
deshojar amigos en otoño,
ver cómo van alejándose, uno a uno, poco a poco,
dejarlos olvidados en el andén de la estación de un pueblo bruto y tosco,
como yo, y no escuchar ya nada porque me ha dejado sordo
el eructo soberbio del tiempo, ver cómo
ya no puedo nada de lo de antes con vosotros,
ver cómo
ya no hay encrucijadas con balizas contra el mar tempestuoso
de la juventud y ver – qué dolor tan hondo –
cómo y cuánto cada día que transcurre sin vosotros
os añoro.