viernes, 7 de junio de 2013

Big Fish, de Tim Burton

Como no soy especialista no pretendo hacer una crítica de cine, que, por otra parte, carece absolutamente de pertinencia, puesto que esta película estuvo en cartelera en el año 2003 y, si no estoy mal informado, hemos alcanzado ya el año 2010. Simplemente me gustaría compartir con vosotros algunas de las sensaciones que experimenté el otro día viéndola de nuevo.
Los seres humanos se dividen en dos grupos bien distintos: aquellos que han pensado, desde siempre, que están llamados a hacer grandes cosas; y aquellos otros que no aspiran a conseguir nada que se encuentre más allá de los límites precisos que establecen sus posibilidades. Los primeros reciben el nombre de fantasiosos y los segundos se ven marcados con el sanbenito del pragmatismo. Aunque ninguno de los dos extremos está bien visto socialmente, es indiscutible que uno prefiere tener antes en su familia a un pragmático que a un fantasioso. No hay ninguna razón científica; solo por pragmatismo: al fantasioso, con mucha frecuencia, hay que mantenerlo. Decía Ortega y Gasset que la distancia que separa el heroísmo del ridículo es la misma que existe entre el "ser" y el "creer que se es". Edward Bloom, el incansable contador de historias de Big Fish, sin duda alguna, era un pragmático fantasioso (¡vaya híbrido!) que sabía lo que era y dónde estaban sus límites. Era un pez grande atrapado en un estanque pequeño que, sin embargo, cuando abandona su sitio, se da cuenta de que, en realidad, no ha pensado ninguna gran aspiración. Va construyendo objetivos conforme se va topando con ellos: vencer a Goliat, conquistar a la mujer con la que se va a casar, resucitar Espectro y, su gran empeño, convencer a su hijo de que sabe cómo morirá.
Es este último el más entrañable de la película. Will, el pragmático oficial del film, detesta las mentiras que su padre ha inventado para embellecer una realidad que no es como la de sus cuentos: heroica, épica, de grandes hazañas. No obstante, el hijo descubre que tras la ficción urdida por Edward se pueden rastrear las huellas de la verdad. Edward ha hecho de su vida, y de la de su familia, una novela dividida en capítulos, con técnicas muy sofisticadas, en las que tienen cabida el leitmotiv de la bruja solterona, que es capaz de distorsionar el tiempo de la narración y la linealidad inexorable de la vida, el lirismo de historias absolutamente deslumbrantes (como la del iceberg o las moscas) o lo sobrenatural. Edward Bloom tenía pensado un final cerrado para su obra -el que vio en el ojo de la bruja- pero necesitaba un final para su vida. No se resignaba a morir prosaicamente y Will desempeña aquí un papel fundamental: inventa un final que se aproxima mucho al que de verdad ocurre.
Will -y el espectador- comprueba, al final de la película, que la ficción y la realidad están estrechamente vinculadas y que ninguna puede existir con independencia de la otra. Se dan cita todos los personajes, todas las personas, que han poblado, desde siempre, el mundo creado y vivido por Edward. La muerte de Edward Bloom es mucho más hermosa gracias a la ficción. La ficción ennoblece la muerte y mejora la vida.

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