viernes, 7 de junio de 2013

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina

Algunas veces se usa la literatura con fines poco literarios y algunas veces las promociones para vender libros emplean recursos burdos y obscenos. En este caso concreto, se ha querido presentar la última novela del escritor ubetense como un alegato político contra la memoria histórica o algo parecido. Es decir, a la preocupación constante de los políticos por recuperar la dignidad de los que fueron damnificados durante la guerra civil española, y durante la posguerra, por el bando de los vencedores, se opone la recuperación del pasado que hace Muñoz Molina, en la que Ignacio Abel, un convencido ciudadano de izquierdas con dinero, a punto está de ser fusilado por unos exaltados de su propio bando. Se concluye, por tanto, algo tan obvio como que durante la guerra los dos contrincantes cometieron barbaridades.
Menos mal que la obra de Muñoz Molina no es eso en absoluto. El padre de Lorencito Quesada declaró en un programa de la televisión autonómica andaluza -"El público lee"- que un novelista no escribe novelas para llamar la atención sobre las diferencias sociológicas de culturas distintas ni para ninguna cosa que no sea el mero hecho de crear literatura y de entretener al lector. Limitar La noche de los tiempos a tan grosera obviedad sería una tremenda injusticia, supondría no apreciar la destreza con la que el novelista va introduciendo el tema político de manera tangencial a la relación pasional entre Ignacio Abel y Judith Biely, supondría no apreciar la descripción picassiana en la que se cuenta el desorden de un ataque fascista como un nuevo Guernika, no apreciar el suspense en la escena en que Ignacio Abel va a ser fusilado, aunque se sabe de antemano que no morirá, o no apreciar la manera tan sutil en la que, poco a poco, a través del recuerdo, el protagonista va recuperando el pasado mientras viaja en tren por tierras norteamericanas.
He comenzado a leer las últimas obras de Muñoz Molina con cierta desconfianza, con algunos prejuicios, con la impresión de que no descubriría nada nuevo. Sin embargo, conforme ha avanzado la lectura de El viento de la luna, Días de diario o La noche de los tiempos, la historia ha ido acogiéndome en su regazo, el narrador me ha hablado personalmente, con complicidad, y me ha contado detalles de la vida de personajes de los que no sabía nada desde hacía años. Resulta que Mariana Ríos, antes de morir desgraciadamente por culpa de una bala perdida, había estado trabajando para la república y se había relacionado con Ignacio Abel.
En la cubierta posterior del libro se habla de la valentía de Muñoz Molina. Mostrar que las dos facciones de un conflicto bélico comparten una dosis alta de culpa no es valentía, es sentido común. La valentía de Muñoz Molina reside en el hecho de mantenerse fiel a su estilo -lento, sinuoso, repetitivo, de periodos largos, de narrar pausado- y a sus temas preferidos -la memoria, la desorientación y la crisis de identidad, el amor, el análisis de la realidad- sin perder la capacidad de entretener, que se mantiene intacta.

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