"-¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? -decía el
visitante, abriendo los brazos con ademán irónico de asombro admirativo.
Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón:
- ¡Me basta ver a su padre!"
Antonio Machado, Juan de Mairena
Nunca
he sido tan consciente como hoy del valor de educar. Generalmente los
padres de los alumnos matriculados en un centro educativo se preocupan
por los rendimientos académicos de sus hijos tres veces al año, más
aquellas otras en que algún profesor, después de pelearse con teléfonos
móviles desconectados o números inexistentes, logra concertar una cita
para informarles de que sus hijos se dedican en clase a subirse a las
mesas, cantar por Shakira o motejar a compañeros y profesores.
Afortunadamente
la cosa está cambiando. Desde que se implantaron en los centros
educativos el plan de puertas abiertas, a cualquiera se le permite el
paso y los profesores reciben visitas muy agradables e inesperadas en
los momentos más oportunos. Hoy por ejemplo hemos tenido la visita de un
padre que había oído escandalizado, la tarde anterior, la narración de
su hija. Había sufrido, la pobre mía, un emparedamiento cruel y del todo
gratuito y un bochorno mayúsculo. Esta alumna había sido encerrada en
un armario y, además, había sufrido las consecuencias nefastas de
padecer en silencio, como las hemorroides, el informe contrario a las
normas de convivencia -que todo tiene su nombre en la burocracia del
absurdo- número sexto, pongamos por caso. El padre solicitaba, en
bandeja de plata, la cabeza del profesor -que no se encontraba en el
centro- para poder patearla, supongo, con mayor comodidad. Lo
surrealista del caso es que las aulas del centro ni siquiera cuentan con
armarios. Ya me gustaría a mí tener donde encerrarme cuando la cosa se
pone fea.
Como decía, me he dado cuenta hoy del valor
de educar cuando me he puesto en las carnes del profesor implicado y he
imaginado la posible escena en la que tendría que justificarse ante un
padre necio, cegado por su ira, y educarlo para que transmitiera algo de
esa nueva educación adquirida a su hija, que está dando sus primeros
pasos en el mundo de la falsedad, la falta de escrúpulos y la mala
educación. A veces, en efecto, como decía Juan de Mairena, basta con ver
al padre para saber cómo es -y como será- el hijo.
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