viernes, 7 de junio de 2013

El valor de educar

"-¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? -decía el visitante, abriendo los brazos con ademán irónico de asombro admirativo.
Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón:
- ¡Me basta ver a su padre!"
Antonio Machado, Juan de Mairena


Nunca he sido tan consciente como hoy del valor de educar. Generalmente los padres de los alumnos matriculados en un centro educativo se preocupan por los rendimientos académicos de sus hijos tres veces al año, más aquellas otras en que algún profesor, después de pelearse con teléfonos móviles desconectados o números inexistentes, logra concertar una cita para informarles de que sus hijos se dedican en clase a subirse a las mesas, cantar por Shakira o motejar a compañeros y profesores.

Afortunadamente la cosa está cambiando. Desde que se implantaron en los centros educativos el plan de puertas abiertas, a cualquiera se le permite el paso y los profesores reciben visitas muy agradables e inesperadas en los momentos más oportunos. Hoy por ejemplo hemos tenido la visita de un padre que había oído escandalizado, la tarde anterior, la narración de su hija. Había sufrido, la pobre mía, un emparedamiento cruel y del todo gratuito y un bochorno mayúsculo. Esta alumna había sido encerrada en un armario y, además, había sufrido las consecuencias nefastas de padecer en silencio, como las hemorroides, el informe contrario a las normas de convivencia -que todo tiene su nombre en la burocracia del absurdo- número sexto, pongamos por caso. El padre solicitaba, en bandeja de plata, la cabeza del profesor -que no se encontraba en el centro- para poder patearla, supongo, con mayor comodidad. Lo surrealista del caso es que las aulas del centro ni siquiera cuentan con armarios. Ya me gustaría a mí tener donde encerrarme cuando la cosa se pone fea.

Como decía, me he dado cuenta hoy del valor de educar cuando me he puesto en las carnes del profesor implicado y he imaginado la posible escena en la que tendría que justificarse ante un padre necio, cegado por su ira, y educarlo para que transmitiera algo de esa nueva educación adquirida a su hija, que está dando sus primeros pasos en el mundo de la falsedad, la falta de escrúpulos y la mala educación. A veces, en efecto, como decía Juan de Mairena, basta con ver al padre para saber cómo es -y como será- el hijo.

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