viernes, 7 de junio de 2013

Esperando a Jazztel

El miércoles pasado, es decir, hace ya cuatro días, sonó el teléfono de mi casa a las tres de la tarde, y el localizador indicaba que me estaban llamando desde un número privado. No sé por qué extraña razón -pensaba quizá que me llamarían de El Corte Inglés o de mi banco para decirme que había sido agraciado con un coche o con un millón de euros- descolgué el auricular y pronuncié la fatídica palabra que ha desencadenado todo este sinvivir en el que vivo sin vivir en mí: "Dígame". Y tanto que me dijo. Era una señorita sudamericana, portavoza de Jazztel, que me decía, poco menos, que era estúpido por pagar más de lo que me cobrarían ellos por no sé qué producto. Como suelo hacer en estos casos en que no me dejan ni siquiera hablar para despedirme, tranquilamente retiré el auricular de mi oreja y volví a colocarlo en su posición inicial. Pensé que ahí había acabado todo. Sin embargo, la historia no había hecho más que empezar. El teléfono sonó cada dos o tres horas en los momentos más intempestivos del día. Mi reacción civilizada fue descolgar y colgar rápidamente cada vez que sonaba.



A las nueve y cuarto de la noche del día siguiente, un jueves largo de trabajo, contesté ya un tanto irritado. Mi sorpresa fue que preguntaban por la titular de la línea telefónica, que es mi mujer. Hablando lentamente, para volverme amable, le pedí el recado y amablemente Ricardo, un Jekyll sudamericano, me lo dio. Mr. Hyde apareció de pronto cuando le dije que no me interesaba lo más mínimo, que quería seguir tirando la casa por la ventana. Entre otras perlas tuve que soportar oir que no le importaba lo más mínimo mi opinión porque yo no era el titular de la cuenta y que tampoco le importaba estar llamando a mi casa porque no me llamaba a mí, aunque desgraciadamente fui yo quien contesté. Cuando terminó de decirme todo lo que le vino en gana me colgó con un rotundo, pero amable, buenas noches. El mundo al revés. Después, en frío, he intentado comprender -y no sé por qué, justificar- este enfado y supongo que el joven Ricardo pensaría que yo era uno de esos hombres machistas que quieren silenciar la voz de sus mujeres y decidir por ellas y, entonces, es normal que reaccionara de esa forma.

Entre los gritos del amable Ricardo atiné a rogarle que no volviera a llamar a mi casa porque, al fin y al cabo, también es mi casa aunque no sea el titular de ninguna línea telefónica. Por eso pensé que no volvería a llamar. Craso error. Continuaron llamando tantas veces como quisieron. La titular de la cuenta, que se resistía, se vio obligada a coger el teléfono, escuchar detenidamente la oferta y rechazarla amablemente. Todo sigue igual de todas maneras, siguen llamando y exigiéndonos que nos ahorremos unas perras.

Ante esta situación un tanto desesperada ya no sé que hacer. En fin, no deja de sonar el teléfono y, en casa, el ambiente está cada vez más enrarecido: cualquier sonido brusco nos sobresalta, cuando suenan nuestros móviles nos miramos asustados a los ojos... O sea, que he determinado -yo, que no soy el titular de la cuenta- cortar por lo sano, antes de que a la titular o a mí nos dé un ataque de nervios. Que, oye, bien pensado, nunca viene mal ahorrarse unos céntimos en este mes de enero, el mes más cruel, pese a lo que dijera Eliot, y, además, que no tengo por qué pagarle a telefónica más de lo que tendría que pagarle a jazztel. O sea, que nos mudamos a Jazztel, lo he decidido. El problema es que hace ya cinco horas que no suena el timbre y, como era un número privado, no sabemos donde llamar. Si alguien puede ayudarme...

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