viernes, 7 de junio de 2013

El tiempo de la estupidez

Pese a que en el lenguaje común haya cuajado la expresión "a estas alturas del siglo XXI", el progreso aún no ha llegado a su momento más álgido. Prueba de ello es la manera tan rápida en que la estupidez está dejando de ser una cualidad reservada a los sectores más ridículos de la sociedad y se está convirtiendo, con una velocidad pasmante, en una expresión del buen gusto "a estas alturas del siglo XXI".
El ser humano ha luchado siempre para ser el más tonto del lugar, casi siempre compitiendo con los del resto de su especie por tener joyas más bonitas, coches más caros o la piel más morena. En estos últimos años, sin embargo, la estupidez, que se sirve de la ayuda inestimable de la televisión, se ha desviado y ha tomado caminos más peligrosos: en la actualidad la gente compite por ser el mayor putón, por tener más dientes rotos, por obtener el record más inútil o -como hacían Cela, Umbral y Fernán Gómez, el trío resplandor de la literatura española- por ser el más grosero o desagradable. Estas competencias estúpidas, que tenían lugar en las secciones televisivas dedicadas al entretenimiento, se han trasladado a las secciones tradicionalmente serias: los informativos. Resulta que, ahora, la mayor preocupación de los directores de los informativos nacionales es hacer atractiva aquella parte del telediario que duraba, cuando yo era pequeño, dos minutos y que comienza a alargarse de manera incomprensible y a llenarse de informaciones del todo innecesarias. Efectivamente, me estoy refiriendo al momento en que sale el tío/a del tiempo.
Hace unos años, se viviera donde se viviera, uno podía saber con un golpe de vista si al día siguiente tendría que llevar o no el paraguas. Eso se ha convertido en algo imposible. Cuando se escucha la musiquita del tiempo hay que estar dispuesto a ver las fotografías tan hermosas de la naturaleza que a Periquillo de los Palotes se le ha antojado enviar a la televisión, para hacer más agradable y estética esa sección que, tradicionalmente, tan somera y sosamente ha señalado si hace sol o si va a llover; después hay que estar dispuesto a recibir una clase magistral de un tipejo extraño, con aires de modernidad y actividad, que se empeña en definir la lluvia, la niebla o la tormenta; después salen dos o tres mapas con leyendas confusas y colores psicodélicos que hablan de la temperatura, la sensación térmica, la polinización y las costumbres sexuales de las abejas. Cuando ya quedan pocas ganas para seguir recibiendo información metereológica sobre vientos, mareas y terremotos, comenzamos a entender algo porque aparecen dibujitos de soles y nubes. Sin embargo, los andaluces estamos condenados a conocer la temperatura y el tiempo de todas las comunidades autónomas y de todas las provincias. Si hemos logrado salir de nuestro asombro, continuaremos esperando, diez minutos después, con el paraguas y las gafas de sol en la mano, qué debemos echar en la maleta para el viaje de mañana. Cuando parece que el tío del tiempo me va a decir a mí, que tanto llevo esperando, "felicidades, va a ser sol" o "no olvides el paraguas porque te vas a poner como una sopa" suena el teléfono, porque me llama jazztel, y me estropea todo el tiempo perdido, el tiempo de mi estupidez. Últimamente prefiero mil veces mojarme o pasar calor, es decir, soportar mi estupidez, que soportar diariamente el tiempo de la estupidez de los demás.

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