Pese a que en el lenguaje común haya cuajado la expresión "a estas
alturas del siglo XXI", el progreso aún no ha llegado a su momento más
álgido. Prueba de ello es la manera tan rápida en que la estupidez está
dejando de ser una cualidad reservada a los sectores más ridículos de la
sociedad y se está convirtiendo, con una velocidad pasmante, en una
expresión del buen gusto "a estas alturas del siglo XXI".
El ser
humano ha luchado siempre para ser el más tonto del lugar, casi siempre
compitiendo con los del resto de su especie por tener joyas más bonitas,
coches más caros o la piel más morena. En estos últimos años, sin
embargo, la estupidez, que se sirve de la ayuda inestimable de la
televisión, se ha desviado y ha tomado caminos más peligrosos: en la
actualidad la gente compite por ser el mayor putón, por tener más
dientes rotos, por obtener el record más inútil o -como hacían Cela,
Umbral y Fernán Gómez, el trío resplandor de la literatura española- por
ser el más grosero o desagradable. Estas competencias estúpidas, que
tenían lugar en las secciones televisivas dedicadas al entretenimiento,
se han trasladado a las secciones tradicionalmente serias: los
informativos. Resulta que, ahora, la mayor preocupación de los
directores de los informativos nacionales es hacer atractiva aquella
parte del telediario que duraba, cuando yo era pequeño, dos minutos y
que comienza a alargarse de manera incomprensible y a llenarse de
informaciones del todo innecesarias. Efectivamente, me estoy refiriendo
al momento en que sale el tío/a del tiempo.
Hace unos años, se
viviera donde se viviera, uno podía saber con un golpe de vista si al
día siguiente tendría que llevar o no el paraguas. Eso se ha convertido
en algo imposible. Cuando se escucha la musiquita del tiempo hay que
estar dispuesto a ver las fotografías tan hermosas de la naturaleza que a
Periquillo de los Palotes se le ha antojado enviar a la televisión,
para hacer más agradable y estética esa sección que, tradicionalmente,
tan somera y sosamente ha señalado si hace sol o si va a llover; después
hay que estar dispuesto a recibir una clase magistral de un tipejo
extraño, con aires de modernidad y actividad, que se empeña en definir
la lluvia, la niebla o la tormenta; después salen dos o tres mapas con
leyendas confusas y colores psicodélicos que hablan de la temperatura,
la sensación térmica, la polinización y las costumbres sexuales de las
abejas. Cuando ya quedan pocas ganas para seguir recibiendo información
metereológica sobre vientos, mareas y terremotos, comenzamos a entender
algo porque aparecen dibujitos de soles y nubes. Sin embargo, los
andaluces estamos condenados a conocer la temperatura y el tiempo de
todas las comunidades autónomas y de todas las provincias. Si hemos
logrado salir de nuestro asombro, continuaremos esperando, diez minutos
después, con el paraguas y las gafas de sol en la mano, qué debemos
echar en la maleta para el viaje de mañana. Cuando parece que el tío del
tiempo me va a decir a mí, que tanto llevo esperando, "felicidades, va a
ser sol" o "no olvides el paraguas porque te vas a poner como una sopa"
suena el teléfono, porque me llama jazztel, y me estropea todo el
tiempo perdido, el tiempo de mi estupidez. Últimamente prefiero mil
veces mojarme o pasar calor, es decir, soportar mi estupidez, que
soportar diariamente el tiempo de la estupidez de los demás.
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